
En el vs. 8, el Señor nos ofrece gratuitamente su revelación y lo expresa de la siguiente manera:
Yo te instruiré
yo te mostraré el camino que debes seguir
yo te daré consejos y
velaré por ti
Imaginemos por un momento que tenemos que realizar un viaje, pero no sabemos muy bien a donde, ni cuando, ni como, entonces buscamos a Dios y El comienza a traer sobre nosotros la revelación de su voluntad de la siguiente manera:
Primero nos instruye, nos enseña cual es el destino al que nos quiere guiar, esto nos da la tranquilidad de saber hacia donde vamos, la certeza de que no andaremos dando vueltas sin tener un rumbo o un destino.
Segundo nos muestra el camino, porque una cosa es saber a donde debo ir y otra es saber por donde debo ir. Esta guía de Dios nos asegura que no tomaremos caminos inciertos, caminos errados que nos pueden llevar hacia otros lugares no deseados.
Tercero nos aconseja, nos dice cuando avanzar, cuando detenernos, cuando estamos yendo demasiado ligero o demasiado despacio. Donde cargar combustible, donde hacer noche, si el viaje es demasiado largo. En definitiva nos orienta en todo lo relativo al viaje para que este sea productivo y placentero.
Cuarto vela por nosotros, después de habernos instruido, guiado y aconsejado, también nos cuida y protege. Si seguimos imaginando podemos vernos a nosotros en la ruta hacia nuestro destino y un helicóptero siguiéndonos, cuidándonos desde los aires.
Todo esto que Dios nos ofrece tiene como objetivo brindarnos seguridad, tranquilidad, confianza y la certeza de que llegaremos a destino.
Solo hay un problema: nosotros mismos. El vs. siguiente dice: “No seas como el mulo o el caballo que no tienen discernimiento, y cuyo brío hay que domar con brida y freno, para acercarlos a ti.”
Lo único que puede detener la revelación de Dios a nuestras vidas a fin de que lleguemos a destino, es nuestra propia tozudez, nuestro orgullo, nuestra necedad que no nos permite oír al que nos habla, y siguiendo con la imaginación, comenzamos a transitar caminos peligrosos, caminos sin salida, caminos inciertos que no nos llevan a ninguna parte.
La solución a esta situación la encontramos en 2ª. Corintios 4:12-18:
12 Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza;
13 y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido.
14 Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado.
15 Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos.
16 Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.
17 Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.
18 Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.
Pablo habla del pueblo de Israel y del velo que les cubría el corazón y les dice que cuando SE CONVIERTAN AL SEÑOR, el velo se quitará.
Nosotros también necesitamos convertirnos, cada vez que desoyendo a Dios, tomamos nuestros propios caminos y permitimos que se embote nuestro entendimiento.
Convertirse es volverse a Dios de todo corazón y con humildad decir como David: “mostrame Señor tus caminos y enseñame a andar en tus sendas”.
Aquí está la revelación, aquí está la vida en Plenitud.
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